domingo, 8 de junio de 2008

El animo solitario

Domingo 1 de Junio de 2008

Recorrido: de Kampong Thom a Kampong Kdei: 90 km

Cuando uno pasa tantos dias solo, hablando consigo mismo la mayor parte del tiempo, o a lo sumo de vez en cuando intentando ya sin excesiva gana una conversacion gestual con los nativos, hay dias en los que la belleza del lugar y las sonrisas de los niños lo compensan todo y la mente disfruta relajadamente del trayecto, volando en pensamientos de toda indole pero mas o menos positivos. Sin embargo, hay otros dias en los que uno se levanta con el pie torcido; tal vez un poco incomodo al sentarse por la mañana en la bicicleta; tal vez un poco soñoliento y con unas pesadas remoras en las rodillas; tal vez con algun picor de algun bicho que se divirtio por la noche a mi costa... y esos dias la soledad consigue hacer mella en el animo, y no hay sonrisa que pueda remediarlo. Dos meses despues de iniciado el viaje, todo esto se juntaba a la cierta monotonia de un paisaje que durante casi 2.000 km habia sido predominantemente plano, de rectas infinitas que era mejor no mirar, como quien para no sentir vertigo procura no mirar el suelo alla abajo. Por otra parte el revuelto de tripas del dia anterior seguia debilitandome, y no se pasaria en varias jornadas. Muy perezoso y derrengado, el animo desbordante de los ultimos tramos como digo me abandono a mi suerte, y sin su ayuda no me resultaba facil el recorrido. Mas feo, despoblado y seco que hasta entonces.

Las casas eran aqiu mas sencillas, abundaban los tejados de chapa, y la basura se acumulaba en sus alrededores; muchas ni si quiera cuidaban que el estanque del que obtenian pescado y patos no se convirtiera en un basurero.

Encontre un pequeño oasis, sin embargo, a la hora de mas calor: junto a un ancho pantano de aguas calmas como un espejo pulido hasta la linea del horizonte, se asomaba una asombrosa area de servicio de carretera fuera de lugar. Hubiera sido normal encontrarse algo asi en una carretera europea; pero no habia visto nada asi en los ultimos miles de kilometros. En contraste con la cochambre general, el edificio estaba impoluto y guardaba una cierta estetica moderna, sin descuidar la galeria porticada de bambu que aparecia por el lado del pantano, colgando sobre un agua cubierta de nenufares sobre que ranitas verdes descansaban a la sombra de las hojas mas crecidas.







Disfrute de un cafe durante mas de una hora, y es que no me queria ir de alli a seguir pasando penurias bajo un sol implacable y un viento hirviente que lejos de refrescar, solo caldeaba el mal animo empeñado fuere como fuere, en soplar siempre en contra.

Una y mil veces pare durante el recorrido a refrescarme. En cualquier puesto de los pueblitos, la basura hacia de ellos el reino de las moscas, que en bandadas como nubes se apropiaban de la carne y el pescado que se vendia en los puestos, cubriendolos de un moteado negro que hacia optar en el fuero interno por la sopa de tallarines vegetariana. Si paraba a tomar algo, antes me hartaba de que hicieran un festin de mi las moscas, que de estar sentado sin hacer nada.







El legado de la India, del que iba a ser privilegiado testigo en las ruinas de Angkor, seguia presente en muchas de las miradas camboyanas, en sus rasgos oscuros, en sus ojos grandes y expresivos, llenos de fuerza. En pomulos y cejas mas rectos, en el cabello largo de las mujeres mas propenso al rizo que al plano.

Algo desquiciado del viento, debilitado de mis problemillas internos, y perseguido por una tormenta que se las apañaba para venir tras de mi ignorando el viento que me venia de cara, consegui llegar a Kampong Kdei sin pegarle una patada a la bicicleta para arrojarla sobre un ribazo. El pueblo no parecia tener mucho mas que mugre y unas calles de barro destrozadas y encharcadas por el paso de coches y camiones, que le daban al lugar un aspecto de postguerra atroz. La gente sorteaba como podia los lagos y las arenas movedizas, los pozos y los terraplenes, con una paciencia que me admiraba. Habia varias posadas en el pueblo, pero estaban todas completas. Dedicandome a llamar de puerta en puerta en todas las que encontraba, halle de casualidad, al final de una calle, una joya singular que no aparecia ni en las guias ni en ningun cartel del mismo pueblo: un enorme puente de piedra arenisca, de los tiempos de Angkor, con nagas (serpientes mitologicas) en piedra como varandillas, y una anchura mayor que la de las actuales carreteras de Camboya. Mil años de historia a los que no les faltaba ni una piedra.