martes, 27 de mayo de 2008

Por el valle de los espejos

Domingo 18 de Mayo de 2008

Recorrido: de Savanaketh a Nongsavan: 129 km

Savanaketh era una ciudad agradable, y tal vez hubiera valido la pena quedarse un dia mas; pero me faltaba aun mucho recorrido por hacer hasta Camboya, y pocos dias de visado para estar en Laos. Por eso preferi continuar hacia el sur.
En seguida se termino la ciudad para abrirse un paisaje rural de bosques medianos y arrozales inundados. Las rectas interminables seguian acompañandome, pero ya me habia acostumbrado a ellas y no se me hacian tan aburridas. Solo era cuestion de tomarselo con calma y disfrutar del recorrido.

Al este de la ciudad surgia un gran bosque y parque natural, y de sus ricas forestas salian a vender las mujeres de las aldeas en improvisados puestitos al pie de algun enorme arbol junto a la carretera: setas, insectos, frutas, amontonados en sencillas telitas en el suelo, y atendidas por campesinas que esperaban pacientemente en cuclillas a que alguien de paso se parase a comprarles algun producto, mientras vigilaban que sus muchachos no se acercaran demasiado a la carretera.

Paseando por las aldeas me llamaba la atencion encontrar a la mayoria de la gente tumbada, estudiando el vuelo de las moscas a mayor tarea. Parecia que nadie tuviese otra ocupacion a lo largo de todo el dia. Y no era cuestion de que fuese un domingo de descanso, porque llevaba una semana observando lo mismo. Los laosianos, tal vez por su mentalidad budista, carecen de grandes ambiciones, se conforman con poquito con tal de estar mas tiempo a la bartola placidamente parados. No sienten ningun interes por trabajar. Tal vez deberiamos aprender un poco de ellos, para suavizar la frenetica y estresada vida en la que nos han metido en occidente con cantos de sirena de falsa abundancia. Pero el extremo laosiano era descorazonador. Yo estaba seguro de que, viviendo en chozas precarias como aquellas, yo no podria estar parado, y seguramente me pasaria el dia buscando ramas y bambues que tallar para mejorar la estructura, o seleccionando losas de piedra para que los niños no pisaran pura mugre. Pero no parecia importarles demasiado el estado de las cosas.

Fue este un dia de interaccion con gente que espontaneamente se me acercaba a practicar su ingles. Primero fueron dos chicas que caminaban en moto, y se pusieron a mi altura. Cuando se quitaron el casco pude comprobar con sorpresa que se trataba de dos travestis, bastante mal acabados, por cierto. Estuvimos charlando un rato, me preguntaron sobre todo por mi viaje y recorrido. Cuando continuaron su camino un rato despues, fueron tres estudiantes en tres motos que tambien se pusieron a mi altura y me acompañaron un buen rato. Cuando llegamos a su aldea paramos a tomar un refresco, y seguimos la conversacion a la sombra de un toldo. Me contaron sus planes para el futuro, lo que iban a estudiar cuando terminasen la secundaria; y tambien me pedian detalles sobre los lugares que habia visto en mi recorrido. Tambien me hablaron de los desastres del ciclon que habia asolado Birmania, y de como la junta militar que gobernaba el pais estaba formada por unos locos que habian arruinado el antaño mas prospero pais de la zona, y seguian hoy, una vez mas, maltratando y descuidando a su sufrido pueblo.

Un par de horas despues alcance a un chico que venia en su bici de montaña desde Savanaketh. Habia ido a buscar trabajo, y ya volvia a casa despues de la entrevista. Confiaba en que lo seleccionaran para trabajar en un casino de la ciudad, al que acudian especialmente tailandeses del otro lado del rio a dejarse los cuartos. Me hablo de democracia. De como los norteamericanos usaban esa palabra como pretexto para invadir paises, robar petroleo,... El chaval no se chupaba el dedo, desde luego. Sus hermanos trabajaban todos en Bangkok, sirviendo en las casas de familias acomodadas o en industrias de la ciudad. Sabia que sus vidas eran muy duras, sin descanso ni vacaciones, ni fines de semana, tantas horas trabajando como obligase el patron. Tenia claro que su vida en Laos era mucho mas agradable de lo que seria como emigrante, pero no tenia claro que pudiese evitar seguir el camino de sus hermanos para poder progresar en la vida.
El paisaje era cada vez mas seco, y por primera vez en mucho tiempo veia tierra parda desnuda de vegetacion. En los escasos pueblitos aplastados por el sol que me encontraba de paso, nadie hacia otra cosa que dormir. Si paraba a tomar algo tenia que despertar al dependiente, que se levantaba dando tumbos de su hamaca.
Con el atardecer empece a temer que no encontraria donde dormir. Confiaba en llegar a algun pueblito mayor, que al menos dispusiese de un templo donde alojarme. La opcion de la choza en un arrozal no parecia muy adecuada. Al final del dia habia entrado en unas llanuras de campos encharcados, que son siempre los mejores criaderos de mosquitos; y dormir alli hubiese sido una locura. El sol se estaba ocultando ya, y las furiosas marabuntas de mosquitos retomaban el vuelo y se oian en un zumbido colectivo estremecedor. Mientras seguia pedaleando no habia problema, pues el airecillo de mi movimiento les impedia acercarse a picarme, y tan solo debia cuidar de cerrar la boca y entornar los ojos para no merendar gratis. Pero si me paraba un instante, en seguida notaba como acudian en masa a por mi. No tenia muchas mas opciones que seguir hasta encontrar algo, de nuevo me veia pedaleando de noche entre aquellos campos sin vida humana. El mapa no aportaba demasiada informacion: ni situaba todos los pueblos, ni los distinguia por su tamaño. Y la guia tampoco ayudaba, estas zonas fuera de los circuitos turisticos ni se mencionan.
Pero cuando me veia anocheciendo de esta guisa, agotado y teniendo que pedalear para no ser devorado, por fin me sonrio la suerte, y llegue a Nongsavan, un pueblo algo mayor, y casi incomprensiblemente para su tamaño, con un hospedaje en las afueras, entre un bosquecillo y unas rocas rodeados de arrozales inundados. En otras ocasiones es facil regatear el precio, y se puede conseguir casi la mitad de lo que piden inicialmente. Pero a esas horas, y sin otra posada que le hiciera competencia, no tuve mas remedio que aceptar un precio algo abusivo para el cutrichil que era. Pero contento de dormir bajo techo. Y gracias, porque en seguida comenzaron a caer rayos y centellas, y a diluviar con estrepito.
Lunes 19 de Mayo de 2008
Recorrido: de Nongsavan a Pakse: 125 km
La tremenda tormenta que habia caido durante la noche habia dejado los campos aun mas encharcados de lo que los viera el dia anterior. Los hombres aprovechaban ya de buena mañana para arar la tierra con sus mulas mecanicas, llevandolas descalzos por los barrizales. En las aldeas, aun envueltas en brumas, las mujeres llevaban cuencos de arroz hervido a los templos, como cada mañana.
Como todos los dias que llevaba recorriendo las planicies del Mekong, el viento del sur soplaba fuerte en mi contra, y hacia fatigoso el avance kilometro tras kilometro. A veces encontraba bosques algo mas naturales y espesos, o arrozales inundados formando mosaicos de espejos que reflejaban las nubes del cielo. Pero la mayor parte del recorrido no era demasiado atractivo, sin nada mas a la vista que unos pequeños arboles a los lados de una carretera perfectamente recta y aburrida.
Comi, casi como manjar excepcional que me sacaba de la rutina de la sopa de tallarines, un arroz pegajoso con unos pedazos de pollo. Este arroz seco forma casi un engrudo pegado que se ha de comer con la mano, separando un pedazo del bol, y amasandolo con los dedos para comerlo acompañando a cualquier otra cosa, generalmente vegetales, insectos o carne de pollo. Pero con ser tan simple, para un estomago que llevaba semanas a base de sopa de tallarines, era una delicatessen muy digna. Aunque me amargaron un tanto la comida los ancianos que llevaban el puestito. Con lo que ella eructaba mientras mascaba un tabaco que le volvia rojo sangre las encias, dientes y labios, que mostraba sin complejos riendo sin parar, y lo que el escupia y se hurgaba los dientes con un palillo roñoso, mientras de cuando en cuando cogian de un plato de cucarachas asadas que tenian en la mesa junto a mi plato de arroz, me dieron el rato...
Despues de comer pedaleaba yo por unas llanuras a las que, a lo lejos, les habia salido una boscosa cresta montañosa que le daba algo de variedad al paisaje. El fuerte viento del sur que me impedia avanzar a buen paso, trajo unas oscuras nubes de tormenta que, antes de que me diera cuenta, me habian rodeado. Por un pelo encontre a tiempo una chocita junto a la carretera, y me refugie justo cuando la lluvia arrecio.
La lluvia tropical es repentina y bestia. Atronadoras oleadas de agua martillando sobre el suelo, los arboles y los tejados, descargan como una cascada que pretendiera aplastarlo todo. En cuestion de segundos se crean arroyos, y los campos se ven bajo agua. En los momentos mas intensos del aguacero la vista no alcanza mas alla de unos pocos metros, y es que todo un mar se precipita contra la tierra. Los rayos caen cerca y ciegan, y en un momento los vienen a acompañar truenos sobrecogedores que resuenan con un extraño eco en el valle abierto.
Mientras yo permanecia a cubierto, por la carretera seguia pasando de vez en cuando algun campesino en bici o en moto, y no parecia importarles lo mas minimo la que estaba cayendo, supongo que a fuerza de costumbre. No resultaba agradable mojarse, ya que con la lluvia la temperatura descendia bruscamente. Asi que permaneci alli mas de una hora. De vez en cuando amainaba, pero de la direccion de donde venian los vientos y las nubes, seguian apareciendo nuevas y oscuras bocas de lobo, y en seguida volvia a diluviar. Disfrute del desde mi refugio, hasta que vi aclararse el horizonte del sur, y entonces pude reanudar la marcha sin esperar que me cayera otra tormenta.
Por los campos sumergidos caminaba maravillado por el colorido inusual. La carretera elevada unos metros sobre el paisaje circundante permitia verlo sin trabas, y sin peligro del agua. Las montañas boscosas del horizonte deshacian las nubes bajas para convertirlas en evocadoras figuras deshilachadas. Algunos campos se cubrian de agua limpia de lluvia, y a otros habia lelgado el barrizal arrastrado por las pequeñas ramblas de la tormenta, por lo que cada fragmento de la llanura podia presumir de un color diferente del resto. El colorido ocre de los espejuelos de agua se veia acrecentado por la luz azulada de un aire limpio y humedo cubierto por un cielo plomizo en el que se abrian brillantes ventanas a una celeste claridad, que regaban de una extraña luminosidad al agua y a los arboles.
Con la fresca tarde que se habia quedado, los campos se llenaban poco a poco de campesinos, y de niños que buscaban caracoles e insectos para el puchero, o se bañaban desnudos en los barrizales. De labradores que peleaban con los ribazos elevados de sus bancales para que no los destrozara el agua que corria por ellos descontrolada; o para conducirla de uno a otro campo, o para desencharcar la entrada a sus cabañas.

Entre tanta belleza era facil tomar conciencia de nuevo de la fortuna que era estar paseando por alli, en ese preciso instante, viviendo momentos preciosos entre aquellas maravillas que veia, recibiendo los saludos de la gente que sonreia entusiasmada al viajero solitario. Solo echaba en falta poder compartir aquel momento tan especial con alguien querido; tengo la certeza de que el mero hecho de poder decir a una persona querida "Mira que belleza", te hace saborear aun mas todo lo que vives. Caminando en soledad silenciosa, me sentia de algun modo en suspenso, con sensaciones y sentimientos que, sin poderse enraizar en una tierra amiga, flotaban en el aire y se marchaban llevados por el viento. Es lo malo de viajar solo.

El final del dia fue, sin embargo dificil. El cansancio acumulado, la distancia excesiva, y un fortisimo viento de cara, me hacian avanzar a un penoso paso de tortuga, que me llego a desesperar. Los ultimos 20 km se hicieron eternos, hasta que por fin llegue a Pakse, una ciudad tranquila a orillas de un rio que se daba al Mekong alli mismo. Habia oido que era un lugar turistico, pero mientras cenaba en un restaurantito del centro, no veia un alma por la calle, ni propia ni foranea. Tal vez ayudaba a la atmosfera fantasmal, el ambiente frio y ventoso que habia dejado la tormenta. Solo se oian los chirridos de cualquier cosa que, colgando de las fachadas, fuese sacudida por el viento.

Y es que no era Pakse, sino la posada Sabaidee, la que concentraba los viajeros y la actividad posible en la ciudad. Tantos habia que no tenian habitacion para mio; dos viajeros que se encontraban en la misma situacion, me ofrecieron compartir un cuarto con tres camas que era lo que quedaba libre. Pero el ambiente me parecia tan agradable y tan cosmopolita, con una veintena de viajeros de otros tantos paises, que me quede con la habitacion compartida. Aaron, un holandes chisposo y buen conversador, y Philip, un canadiense quebequois parlanchin, con un sonoro acento frances, me acompañaron a cenar despues de la ducha de rigor. Y por primera vez en muchos dias cerre la noche en una agradable conversacion con 8 viajeros con muchas anecdotas que contar y guasas que compartir. Entre otros conoci a un ciclista aleman que llevaba meses recorriendo Asia, desde Mongolia a Camboya, y que ya volvia de vuelta al Tibet. Todo un aventurero de hablar pausado y casi evadido, con mil paisajes tras unos ojos que se movian despacio al hablar, y que llevaba unas semanas compartiendo ruta con otro ciclista frances que a penas comenzaba.

Como en los viejos cuentos del siglo de oro, el dia acababa en el meson de la venta, contando historias del camino, comiendo, bebiendo y riendo en buena compañia.