lunes, 9 de junio de 2008

La vida flotante del Tonle Sap

Jueves 5 de Junio de 2008

Recorrido: en barco de Siem Reap hasta Battabang

Tuve que madrugar mucho para poder estar listo y desayunado a las 6 de la mañana, hora a la que me habian dicho que pasaria a por mi el minibus que recogia a los pasajeros para llevarlos a la lancha, amarrada en el puerto unos 12 km rio abajo de Siem Reap. En un principio habia pensado hacer esta distancia en bici, pero con ser la salida tan temprana hubiera tenido que ponerme en camino de noche para asegurarme de encontrar el barco a tiempo. Asi que hice de turista contra mi gusto, y por primera vez desde aquel tren que me llevo a Chiang Mai desde Bangkok, tome un transporte que no fuese mi bicicleta o una barca para cruzar algun rio.

Los brillos dorados del amanecer levantaban las ultimas brumas del rio mientras la ciudad se desperezaba. Los habitantes de las casitas clavadas en el lecho del agua sobre pilares de madera iniciaban sus jornadas aseandose con el agua del mismo rio recogida con un pozal atado a una cuerda. En el minibus no era yo el unico occidental, aunque me apetecia poco charlar con otros viajeros tal dia como este, en que preferia no distraerme de los detalles del rio y el lago. Pronto la carretera dejo de ser parte del paisaje para elevarse una decena de metros sobre el, en un artificial reguero ancho de tierra sobre un plano de matorrales que al final de la epoca lluviosa formaba parte del fondo del lago. Las unicas casas que no estaban construidas sobre estructuras flotantes y ancladas en la baja del rio sobre sus aguas, eran las que sobre pilares se aferraban a la estructura de tierra sobre la que se habia levantado la carretera para evitar que quedase bajo agua con la crecida. Asi este camino sin salida iba a morir en un ramal de rio que llegaba, poco mas alla, a la orilla del lago en la temporada seca; pues en la temporada lluviosa cualquier borde de la carretera podia servir de embarcadero.
Cuando solo quedaba un kilometro para este, desaparecio el asfalto y entramos en un barrizal. Unas maquinas removian el terreno para reparar los destrozos de la lluvia, y el barro resbaladizo atrapaba a los vehiculos que, por mas que intentasen avanzar o retroceder, no hacian mas que escorarse peligrosamente hacia el talud, como si sobre hielo se deslizaran. Visto lo cual preferimos apearnos y embarrarnos, antes que arriesgarnos a bajar al fondo seco del lago con furgoneta y todo.
Baje la bicicleta de la baca del vehiculo, monte las alforjas, y camine como pude por el suelo pegajoso; unos cientos de metros mas adelante, el barro no estaba tan removido y ya pude pedalear hasta el embarcadero, a penas unas tablas uniendo el barrizal sobre el que se anclaban casas flotantes ahora varadas en tierra, con algunas lanchas techadas. Subi la bici y los bultos, y busque acomodo bajo el techo, en una fila apiñada de asientos.
Durante unos minutos viajamos rio abajo por un estrecho canal en cuyas orillas flotaban casas de madera construidas sobre balsas de bambu o bidones vacios. Otras no eran casas aunque su funcion lo era, tan solo barcas con un techo bajo el que toda la vida de una familia discurria. La madre cocinaba en la proa fuera de la cubierta del tejado; se acicalaba el hombre con un espejito mientras los niños se levantaban de la hamaca para ir a la escuela. Al lado de cada casita o barcaza habia algunas canoas con las que se desplazaban a la escuela flotante, a la pagoda o a la iglesia flotante, que tambien se veian por aquellos lares; al mercado flotante, al bar flotante. Flotantes eran las barcas de las vendedoras ambulantes que llevaban todo tipo de mercancias de casa en casa, remando despacio por la calle liquida.
En breve salimos al amplio Tonle Sap. No alcanzaba la vista su orilla opuesta, tomando mas el aspecto de un mar que de un lago. Por el lado de costa que dejabamos se extendia un reguerito de casas sobre el agua, que con el nivel minimo de esta epoca del año se anclaban a tierra firme, aunque no se viera a nadie caminar por ella. Cubierta de enmarañados matorrales de poca altura, nadie se molestaba en aclararla o prepararla, dado el ciclo de crecidas y bajadas de su nivel que hacian esos tramos de tierra completamente inservibles. Asi, cuando la epoca de lluvias elevaba varios metros el nivel del lago, este avanzaba varios kilometros tierra adentro, convirtiendo las aldeas en islas humanas lejos de tierra firme.
El Tonle Sap era un ingenioso invento de la Naturaleza. Conectado al Mekong a traves de un canal que lo desaguaba al rio en Phnom Penn, invertia su curso cuando la epoca de lluvias hacia crecer tanto el caudal del Mekong como para subir canal arriba y llenar el lago, que se convertia de esta manera en regulador de sus crecidas en el delta. En esa epoca la superficie del lago se multiplicaba, y todas las aldeas se hacian verdaderamente flotantes.
Tras una hora de lago tomamos el ramal de otro rio que llevaba hacia el oeste, y luego al suroeste, hasta Battabang. Durante las 6 horas de dificil recorrido por su somero lecho en bajo caudal, casi nunca dejamos de ver aldeitas formadas no se sabe si por casas o por barcas grandes, con un estilo de vida particular, aislado y muy diferente de la del resto del pais. La lancha hacia de autobus local, y cada poco paraba a la llamada de algun local que voceaba o salia al encuentro en su canoa, llevado por alguien que despues regresaba con la barquita. Y cada poco alguien se apeaba en otra canoa u otra casita flotante de las aldeas del recorrido. Era sorprendente ver que, sin cables ni corriente electrica, ni servicio de aguas mas que la propia embarrizada del lago o el rio, era rara la choza o barca vivienda que no dispusiera de una antena y un televisor, y supongo que de un generador de gasoil que lo alimentara. Era sorprendente el poder omnimodo del mostrenco, y su voracidad llegando a los ultimos rincones del planeta.
La vida de la mayoria de sus habitantes discurria en los escasos 4 metros cuadrados de las barcazas techadas, y si no estaban pescando con las canoas y sus redes circulares, pasaban el rato en las escasas tareas que una vida asi les proporcionaba. Por eso la mayoria se veian tumbados a la bartola, no importaba la hora del dia, sobre las hamacas que colgaban del techo.

Disfrute del recorrido sentado en la proa del barco. Solo habia sitio para uno, y como fui el primero en tomar la iniciativa de desapiñarme de la bancada de asientos y salirme afuera, aproveche las mejores vistas y el mejor aire fresco del paseo; aunque tras 6 horas al sol me descuide sin protector, y acabe con el cuello y la nariz tostados.

A las 2 de la tarde llegabamos a Battabang. Una ciudad voluminosa y ajetreada que contrastaba con los lugares perdidos y apeados del ritmo moderno que acababa de recorrer. Trazas de su pasado colonial frances y del dominio tailandes durante los ultimos siglos, hacian a Battabang distinta y atractiva, aunque tan sucia como era costumbre en Camboya. Sus comercios vibrantes y su velocidad postmoderna me chocaban, acostumbrado como estaba ya a la mera tranquilidad rural. Su especialidad eran las tallas en madera, sobre todo en raices de grandes arboles, retorcidas y magnificas, en las que se buscaba la manera de encajar dragones, budas, princesas, o lo que fuese menester. Despues de acomodarme en una pensioncita apañada, me di un paseo para ver algunas de estas esculturas.

En un rincon frente al rio con unas estupendas vistas del atardecer, estuve de contemplacion hasta que vino a hablar conmigo un chaval de 18 años que hablaba ingles mejor que yo (cosa harto facil, debo reconocer). Me conto de todo, incluida su vida. Su padrastro lo habia apuñalado hacia dos años, de lo que conservaba una buena cicatriz en la cara. De aquello no habia vuelto por su casa; y lo que me gusto del asunto es que en cualquier pais del mundo subdesarrollado, posiblemente hubiese acabado de mendigo en la calle, o mas posiblemente dedicado a la delincuencia, como sicario o similares. Pero Jon, como se hacia llamar, habia sido recogido, como era normal en estos casos, por los monjes de uno de los templos de la ciudad. Con eso tenia las necesidades basicas cubiertas, y encontraba tiempo para trabajar como mototaxista, y con el dinero pagarse sus estudios secundarios, y a fe que lo aprovechaba bien en ingles. Me hablo de los campos de la muerte, lugares del entorno conocidos por haber sido escenarios de ejecuciones masivas en tiempos del Khmer Rouge. Tambien me empezaba a parecer que la gente exageraba mucho a la hora de contar estas historias, pero despues de todo estaban en su derecho. Por lo visto existia un turismo especializado en recorrer los escenarios del genocidio, en un extraño y morboso gusto que yo no llegaba a entender. No me acercaria yo a uno de esos lugares como no fuese a llevar un ramo de flores. Pero hay gustos para todo. Tambien me hablo de las proximas elecciones, que seguramente ganaria de nuevo Hun Sen, el viejo presidente del CPP ex-comunista y provietnamita, que segun Jon gozaba de gran apoyo popular por haber sacado adelante un pais destruido y despoblado.

Aunque seguia con mis malestares y dolores, no veia el momento de ponerme en camino de nuevo con la bicicleta. Asi que no tarde mucho en meterme en la cama para poder aprovechar bien la mañana.

Dos dias en las ruinas de Angkor

Martes 3 de Junio de 2008

Recorrido: primer dia en Angkor: 57 km

Con la fresca de la mañana ya estaba yo en el edificio de entrada comprando el billete. Un poco excesivo, hay que reconocerlo, pero no habia mas remedio que pasar por el cepillo. Despues de pagar los 40 dolares de la entrada, ayudado eso si por el reciente hundimiento del dolar frente al euro, pedalee por la sombria avenida de arboles gigantes, que en lugar de llevar a Angkor, hubierase dicho que llevaba al corazon de una selva. Aun las rojizas brumas del amanecer coloreaban las copas de los arboles cuando llegue al foso de un centenar de metros de anchura y unos dos kilometros de perimetro que rodeaba el Angkor Wat. Pero dejando este para despues, continue por la carreterita que lo rodeaba hacia el este, encaminandome a los varios templos de diferentes epocas que sucesivos reyes habian edificado como simbolo de su poder y del estado que representaba su reinado. Siempre entre dulces arboledas fui visitando unos templos tras otros. Algunos eran pequeñas estructuas en ladrillo, con torres y relieves mal conservados de deidades hindues. Otros ya en piedra suponian un despliegue mucho mayor de ingenio; kilometricos muros de piedra cerrando la explanada, y puertas monumentales con caras esculpidas en los cuatro puntos cardinales que daban entrada a los recintos.



Una vez dentro de las antiguas explanadas ahora convertidas en bosques, una larga caminata conducia al templo central, a veces flanqueado por otros edificios menores, pero ricos tabien en relieves arrebatados al Hombre por la Naturaleza. Especialmente espectacular era Ta Phrom, el templo en el que las sucesivas reconstrucciones y restauraciones habian respetado mayor numero de arboles de intrincadas raices aereas colgando sobre las estructuras, dandole un aspecto magico y perdido que, por mas conocido de todos, no dejaba de sorprender y admirar.

Como viera en el puente de Kampong Kdei, la ausencia de arcos y el uso un poco caotico de estructuras poco meditadas, habian convertido la mayoria de galerias y pasadizos en montañas de escombros de piedras talladas sobre los que crecian arboles de portes majestuosos. Impresionaba mas este dominio de la naturaleza que el arte en si de su piedra. Con menos de mil años de antiguedad, la simplicidad de los motivos de sus relieves, su hieratica e ingenua composicion, y la poco estudiada estructura, desordenada y de proporciones mas bien menores, el conjunto me estaba decepcionando un poco. Tal vez era culpa de que ya habia visto otras creaciones de la Humanidad; Egipto, con dos o tres milenios mas de antiguedad, y exquisitas y gigantes obras de belleza delicada y sensual; Roma, Grecia, con una maestria escultorica y una grandiosidad en sus monumentos que no podia compararse; yendonos a creaciones contemporaneas de las Khmeres, no se podia comparar la delicada ejecucion de los relieves de Kajuraho en el corazon del hinduismo, con las poco imaginativas y planas figuras de Angkor. El esplendor del gotico escalaba al cielo cuando los khmeres creaban galerias de cuatro metros de altura que se habian ya venido abajo. En fin, a sabiendas de que decir esto me puede propinar una reprimenda, tenia que afirmar que todo aquello me parecia extraordinario y en medio de un escenario natural magico y misterioso. Pero en ningun modo me llego a impresionar. Mas bien lo encotre tosco, primitivo y simple. Ahora las collejas, por favor.


Tampoco me impresionaron algunos otros templos que se estructuraban en piramide. Mas toscos todavia, en su mayoria nunca fueron terminados por los reyes que los mandaban construir, y que morian antes de tiempo. Si me gustaba, sin embargo, imaginar aquellas autenticas ciudades con miles de monjes y estudiantes que siglos atras poblaban cada rincon de las galerias. Por tiempos hiduistas y por tiempos budistas, de las dos religiones quedaban testimonios en piedra.




El calor me doblo, y tal vez fue eso lo que me impidio disfrutar de todo aquello como se merecia. Montado sobre la bicicleta habia olvidado los calores del tropico. Pero recorrer la solana de los templos a pie, sin el airecillo del pedaleo, me sumia en un estado de letargo fisico y mental cercano al sueño. Me hacia sentir enfermo, febril, debil y lento. Cada escalon o pedrusco de los derrubios era un suplicio que las piernas no podian aceptar. La barriga seguia dandome dolores, y tenia que sentarme cada vez que encontraba una sombra. Al final de la tarde pude recobrar el aliento, y para tener una primera impresion de los edificios mas impresionantes, Angkor y Bayon, cerre el recorrido circular descendiendo desde el norte hacia el sur por la ciudadela de Angkor Tom y el Angkor Wat en si. Un esplendido atardecer me mostraba de lejos unas joyas algo mas relucientes, que dejaria para la segunda jornada.



Reventado y febril, me fui a dormir a penas llegue de regreso a Seam Reap.




Miercoles 4 de Junio de 2008

Recorrido: segundo dia en Angkor: 43 km

Era el momento de visitar el templo por antonomasia. Angkor Wat esperaba cercado por un foso lleno de agua, de orillas escalonadas con sillares, que bien merecia ser considerado una maravilla en si mismo. Cruzando por un pasaje monumental se llegaba al primer cierre, una muralla kilometrica con estructuras a modo de puerta columnada por cientos de metros. Los relieves de las paredes representaban unicamente Apsaras, diosas danzantes hindues, pero aun entrando ya en terrenos del siglo XII, no mostraban una memorable evolucion del arte Khmer en siglos. Tras la bienvenida de una gran estatua de Vishnu, que incomprensiblemente seguian adorando muchos camboyanos aparentemente budistas, se salia a la explanada interior, con un portentoso pasaje de piedra dos metros elevado del suelo y una decena de ancho, con varandas de nagas tambien en piedra, y unos trescientos metros de largo que acababan en la estructura principal del templo, cuyas torres aparecian en una conocidisima silueta. Al no haber ni un solo arbol, con pasar de las 9 de la mañana el corredor de piedra era ya un horno insufrible. Antes de darme cuenta ya tenia el dia preparado a semejanza del anterior, agotado antes de tiempo, con dolores en todo el cuerpo y una debilidad que me hacia aborrecer cada escalon. Me aproxime al templo sin prisa, contemplando la variante perspectiva, que con todo no me parecia demasiado estudiada. Desde ningun angulo se contemplaba completa la estructura principal, que siempre era ocultada por partes menores del edificio que, eso si, era del todo enorme y monumental.
Con este templo bien se merecia la fama el enclave. Di en primer lugar una vuelta completa por el segundo cerramiento de muros y galeria alrededor de la piramide principal de cinco torres que era el centro del templo. Estas galerias estaban ricamente labradas sobre la piedra arenisca, con escenas del Ramayana, la leyenda epica sagrada hindu. Tras darle la vuelta completa, volvi al origen para cruzar los vestibulos escalonados que antecedian al centro del templo, con galerias construidas alrededor de cuatro piscinas tambien escalonadas que alguna vez llenas de agua sirvieron para que los reyes Khmres profesaran los ritos de purificacion. Y siguiendo el ascenso por las escaleras, por fin aparecia la estructura piramidal, que recordaba vagamente las mayas, con escalinatas peligrosamente verticales en cada uno de los cuatro lados. Las ricamente adornadas torres que la coronaban no podian contemplarse satisfactoriamente desde ningun angulo, una vez mas habia siempre algun impedimento para ver su totalidad.
Con todo le dedique casi un par de horas a Angkor Wat, refugiandome del calor en algun rincon de las galerias que me permitiese una buena vista. Cuando ya habia saboreado cada relieve y cada apsara danzante, sali por el pasaje de piedra en direccion al foso de agua, para recuperar la bici que me esperaba atada en la puerta, y continuar hacia Angkor Tom, la ciudadela de kilometrico perimetro que albergo el centro del imperio, una ajetreada vida urbana, y varios templos y palacios magnificos. Por el puente sur, flanqueado de nagas, demonios y guerreros de piedra, cruce bajo la puerta de la muralla, coronada por cuatro caras segun los puntos cardinales, y estatuas del dios Indra sobre elefantes. Despues de un par de templos menores, continue hasta Bayon, una estructura enjuta y desordenada, pero sorprendente por las mas de 200 caras enormes esculpidas en sus torres, y por los relieves contando historias de las guerras que sometieron a los Cham al imperio Khmer. Bayon, que asi se llamaba este templo, era la obra culmen y ultima de la epoca dorada de esta cultura, pero tampoco sus galerias de precaria estructura se habian librado del derrumbe, tan solo ocho siglos despues. Y en una de las muchas piedras sueltas meti el pie de mala manera, hasta darseme la vuelta, con un dolor tremendo que me llevo al suelo, mareado y pensando que me habia roto algun hueso. Por unos minutos pense que se acababa con esto el viaje en bici, y casi el viaje completo. Pero un rato despues me di cuenta de que no tenia nada mas que una luxacion. Durante dias me costaria caminar, pero nada me impediria pedalear normalmente.
Y asi pase otro dia de agobio soleado, tratando de reponerme de las penurias para disfrutar imaginando aquellas gentes viviendo cada dia, vistiendo sus coloridos y sensuales ropajes, desfilando en un asiatico maremagnum de personas, animales, carros, elefantes, monos... Podia casi tocar aquella vida atrapada en las piedras milenarias, que distinto era todo.
Cuando al atardecer se aproximaba la hora del cierre, me habia dado tiempo a ver el resto de edificios importantes del complejo. Podia decir que lo que me quedaba por ver era comparativamente menudo, asi que aunque habia estado en dudas de dedicar un tercer dia a Angkor, ya tuve claro que lo daba por visto. Ademas no me quedaba cuerpo para otra socarrina como la de los dos dias que habia pasado, entre dolores y sudores, desmadejado y derrotado. Angkor era una maravilla digna de visitarse, pero haciendo caso del consejo de no crearse espectativas. Sin duda era mejor dejarse llevar e ir descubriendolo poco a poco con un espiritu de sorpresa.
Con la decision de partir a la mañana siguiente, nada mas llegar a Siem Reap fui a comprar un billete para el barco que, cruzando el Tonle Sap, el lago interior camboyano, me llevase al sur, hasta Battabang. Hubiera preferido un viaje mas largo por el lago, tal vez incluso hasta Phnom Penn; pero con el agua baja de la estacion seca, solo los barcos hacia el suroeste seguian funcionando, y si queria ver la vida y el paisaje particular del lago, no tenia mas remedio que conformarme con este recorrido y cruzar a Battabang. No podia dejar de conocer este paisaje fundamental del pais, con sus aldeas flotantes y su vida en barca, y solo me evitaba a cambio unos tramos de carreteras polvorientas por el oeste del pais que carecian de puntos de mayor interes que algun perdido pueblo comercial en la ruta a Tailandia.




domingo, 8 de junio de 2008

Por fin en Angkor

Lunes 2 de Junio de 2008

Recorrido: de Kampong Kdai a Siem Reap: 73 km

Ya no me quedaban mas que unos pocos kilometros para llegar a Siem Reap, la ciudad crecida al aroma de las ruinas de Angkor, tan solo unos 10 kilometros al norte de su centro, y que atraia una ingente cantidad de turistas avidos por contemplar la maravilla. Antes de ponerme en marcha volvi a ver el puente, con su extraña estructura desconocedora del arco; los ojos por los que pasaba el agua del rio, eran estructuras apuntadas, conseguidas apilando piedras y uniendolas poco a poco hasta cerrarlas en una. Esto no las hacia demasiado resistentes, como podria comprobar mas tarde en las ruinas de Angkor.

Durante todo el recorrido pase al lado de no menos de una docena de puentes menores que salvaban sendas ramblas y torrenteras. La carretera habia circulado por encima de ellos hasta recientemente; pero por fortuna ya habia puentes nuevos que los evitaban pasando a unos pocos metros de ellos. Asi podia verlos al paso, y luego continuar pedaleando por el asfalto que cubria la antigua calzada khmer.

Como? No he hablado todavia de las santas motos del sureste asiatico? Habria que dedicarles un capitulo completo. No es posible entender la vida en esta parte del planeta sin el memorable e indispensable papel de estas silenciosas y sufridas maquinas, como no es posible entender la Historia de Europa sin la contribucion de burros y caballos. Se las puede ver cargando seis personas apiladas; o toneladas de paja, o cientos de gallinas atadas por las patas y colgadas de varas. O manojos de tuberias de 20 metros de largo llevadas al hombro del propio conductor, dandole un aspecto de Quijote lanza en ristre. O como en la foto, llevando muebles apoyados sobre un pequeño carrito de dos ruedas mas pequeño incluso que la moto.





A menudo durante el viaje, muchachos en bicicleta me acompañaban durante algun tramo. A veces los alcanzaba cuando pedaleaban despacio en mi misma direccion. Adelantandolos para continuar a mi ritmo, conseguia que se dieran por retados, y aceleraban el pedaleo para seguirme todo lo aprisa que podian. Algunos incluso me desafiaban a un sprint, y si no andaba flojo de animos, solia aceptar como algo divertido; ellos no tenian plato grande en sus bicis, pero a cambio no llevaban dos mochilas cargando la parte trasera. El hecho es que hasta la fecha ninguno logro sacarme un metro de ventaja; pienso que tiene mas que ver con que los camboyanos y laosianos fuman desde que son adolescentes, y a todas horas. Me divertia dejarlos atras con sus caras amarillas tornadas en bermellas, y sin poder creer que el farang de las flores les ganase la carrera.



Con moscas y todo, mis lugares favoritos seguian siendo los mercados, una estupenda ocasion siempre para sentarse y observar las vidas, las miradas, las bromas y las tareas de los nativos.
Pedalear por la carretera no me parecia peligroso, pese a que el flujo de trafico era considerablemente mayor que en Laos. Los coches dejaban suficiente espacio al pasar, acostumbrados como estan a que todo el mundo circulase a pie, en bici o en moto por estas carreteras. Sin embargo para los locales era un infierno estar cerca de la via. Los conductores eran sin excepcion una panda de malnacidos que no disminuian la velocidad al pasar por los poblados; mas teniendo en cuenta que el concepto urbano en estos paises es muy diferente al nuestro, con una mera linea de casas a cada lado de la carretera, que hace de esta la unica y principal calle, y escenario de todo lo que sucede. Camiones, autobuses y coches pasaban a toda velocidad, levantando continuas polvaderas sobre la estoica gente, que tenia que convivir con ello cada minuto del dia. Y sin olvidarse de atravesar el pueblo tocando el claxon por costumbre, que a mi me desesperaba y crispaba sobremanera. El infierno de polvo y ruido era agotador despues de cinco minutos; me amiraba una vez mas de la capacidad de sufrimiento y adaptacion del ser humano, dispuesto a vivir en unas condiciones que desesperarian al mas pintado. Daban ganas de dar escarmiento publico a cada uno de aquellos bellacos incivicos.
Una niña que jugaba con otras amigas dio un paso al asfalto sin mirar, y estuvo a punto de ser atropellada por uno de aquellos bolidos, que como colofon recorrio el resto del pueblo pitando estruendosamente. Por si fuera poco, la niña tuvo despues que aguantar la regañina y el griterio de los adultos que se encontrasen a cien metros a la redonda.
Por fin Siem Reap a la hora de comer. Era una ciudad mucho mayor de lo que esperaba, ruidosa e industrial, ademas de turistica. Recorriendola junto al rio baje al mercado central para buscar posada. Queria saber cuanto antes como tenia que hacer para aprovechar bien la visita a los templos de Angkor; despues de ducharme y lavar la ropa sucia, que ya era casi toda la que tenia, sali con la bici a preguntar a alguna agencia. Pero pasando por una esquina escuche hablar en español: las salude, mas con animo de preguntar por la visita a los templos que de otra cosa. Eran una venezolana, una portuguesa y una española. Ya habian estado en las ruinas, asi que me explicaron un poco, y me dieron un mapa de la zona. Casi tenia solucionadas las dudas, solo tenia que ir hacia el norte unos kilometros, y hacer un recorrido de lo mas trillado por los templos; la entrada, en la puerta: o un solo dia, o un plazo de tres, que era el que a mi me convencia. Mientras ojeaba el mapa, volvio Filipa, la portuguesa, para invitarme a cenar con ellas por la noche, asi que quedamos para entonces.
Tenia mucho que leer antes de ir a las ruinas. Busque un bar donde tomarme un cafe, que despues de varios dias montunos ya me lo habia ganado, y pase el resto de la tarde leyendo la informacion de que disponia, y planeando como hacer la visita. Primero recorreria los templos menos importantes, y dejaria Angkor y Bayon, los mas espectaculares, para el segundo dia. De haberlo hecho al contrario, tal vez los pequeños me hubiesen parecido muy poca cosa, despues de haber conocido Angkor. Bajo otra estupenda tormenta vespertina, agote las horas de luz con la guia y los mapas.
Acudi al encuentro de las nuevas amigas, que fueron llegando poco a poco, para completarse el grupo con Paulo, otro portugues que viajaba alrededor del mundo. Cenamos y charlamos hasta tarde, era un gusto relajarme en mi lengua materna despues de tantos dias de aislamiento. Filipa hacia lo que yo tantas veces me habia propuesto viajando: montar una empresa de importacion de artes y artesanias exoticas. Parecia irle muy bien, y siendo varios años mas joven que yo, me daba sana envidia, a mi que a este paso no dejaria nunca de ser un pobre asalariado sujeto a un jefe y a unas impertinencias... Y hablando de todo un poco, la española resulto ser, como yo, de Teruel . Era la primera vez en mi vida que me encontraba a alguien de Teruel fuera de la provincia, y no podia creerme que a 10.000 kilometros de la Plaza del Torico pudiera estar charlando con una paisana. Desde pequeña se habia criado en Valencia, y hacia años que vivia en Londres. Pero yo le habia detectado algo familiar en la mirada antes de saber de su origen.

El animo solitario

Domingo 1 de Junio de 2008

Recorrido: de Kampong Thom a Kampong Kdei: 90 km

Cuando uno pasa tantos dias solo, hablando consigo mismo la mayor parte del tiempo, o a lo sumo de vez en cuando intentando ya sin excesiva gana una conversacion gestual con los nativos, hay dias en los que la belleza del lugar y las sonrisas de los niños lo compensan todo y la mente disfruta relajadamente del trayecto, volando en pensamientos de toda indole pero mas o menos positivos. Sin embargo, hay otros dias en los que uno se levanta con el pie torcido; tal vez un poco incomodo al sentarse por la mañana en la bicicleta; tal vez un poco soñoliento y con unas pesadas remoras en las rodillas; tal vez con algun picor de algun bicho que se divirtio por la noche a mi costa... y esos dias la soledad consigue hacer mella en el animo, y no hay sonrisa que pueda remediarlo. Dos meses despues de iniciado el viaje, todo esto se juntaba a la cierta monotonia de un paisaje que durante casi 2.000 km habia sido predominantemente plano, de rectas infinitas que era mejor no mirar, como quien para no sentir vertigo procura no mirar el suelo alla abajo. Por otra parte el revuelto de tripas del dia anterior seguia debilitandome, y no se pasaria en varias jornadas. Muy perezoso y derrengado, el animo desbordante de los ultimos tramos como digo me abandono a mi suerte, y sin su ayuda no me resultaba facil el recorrido. Mas feo, despoblado y seco que hasta entonces.

Las casas eran aqiu mas sencillas, abundaban los tejados de chapa, y la basura se acumulaba en sus alrededores; muchas ni si quiera cuidaban que el estanque del que obtenian pescado y patos no se convirtiera en un basurero.

Encontre un pequeño oasis, sin embargo, a la hora de mas calor: junto a un ancho pantano de aguas calmas como un espejo pulido hasta la linea del horizonte, se asomaba una asombrosa area de servicio de carretera fuera de lugar. Hubiera sido normal encontrarse algo asi en una carretera europea; pero no habia visto nada asi en los ultimos miles de kilometros. En contraste con la cochambre general, el edificio estaba impoluto y guardaba una cierta estetica moderna, sin descuidar la galeria porticada de bambu que aparecia por el lado del pantano, colgando sobre un agua cubierta de nenufares sobre que ranitas verdes descansaban a la sombra de las hojas mas crecidas.







Disfrute de un cafe durante mas de una hora, y es que no me queria ir de alli a seguir pasando penurias bajo un sol implacable y un viento hirviente que lejos de refrescar, solo caldeaba el mal animo empeñado fuere como fuere, en soplar siempre en contra.

Una y mil veces pare durante el recorrido a refrescarme. En cualquier puesto de los pueblitos, la basura hacia de ellos el reino de las moscas, que en bandadas como nubes se apropiaban de la carne y el pescado que se vendia en los puestos, cubriendolos de un moteado negro que hacia optar en el fuero interno por la sopa de tallarines vegetariana. Si paraba a tomar algo, antes me hartaba de que hicieran un festin de mi las moscas, que de estar sentado sin hacer nada.







El legado de la India, del que iba a ser privilegiado testigo en las ruinas de Angkor, seguia presente en muchas de las miradas camboyanas, en sus rasgos oscuros, en sus ojos grandes y expresivos, llenos de fuerza. En pomulos y cejas mas rectos, en el cabello largo de las mujeres mas propenso al rizo que al plano.

Algo desquiciado del viento, debilitado de mis problemillas internos, y perseguido por una tormenta que se las apañaba para venir tras de mi ignorando el viento que me venia de cara, consegui llegar a Kampong Kdei sin pegarle una patada a la bicicleta para arrojarla sobre un ribazo. El pueblo no parecia tener mucho mas que mugre y unas calles de barro destrozadas y encharcadas por el paso de coches y camiones, que le daban al lugar un aspecto de postguerra atroz. La gente sorteaba como podia los lagos y las arenas movedizas, los pozos y los terraplenes, con una paciencia que me admiraba. Habia varias posadas en el pueblo, pero estaban todas completas. Dedicandome a llamar de puerta en puerta en todas las que encontraba, halle de casualidad, al final de una calle, una joya singular que no aparecia ni en las guias ni en ningun cartel del mismo pueblo: un enorme puente de piedra arenisca, de los tiempos de Angkor, con nagas (serpientes mitologicas) en piedra como varandillas, y una anchura mayor que la de las actuales carreteras de Camboya. Mil años de historia a los que no les faltaba ni una piedra.


jueves, 5 de junio de 2008

Las ruinas de Sambor


Sabado 31 de Mayo de 2008

Recorrido: de Baray a Kampong Thom: 114 km

Y despues de todo lo bien que se habian portado con nosotros, no quisieron aceptar un donativo para el templo. John y yo estuvimos de acuerdo en dejar un dolar cada uno; pero con sonrisas nos daban las gracias y nos decian que no lo querian, que estaba bien asi. Con todo lo mal que me habian hablado otros viajeros sobre los camboyanos, que segun ellos no dejaban tranquilo al turista para sacarle algun dinero, ni tenian miramientos a la hora de cobrar el doble si podian, no me esperaba que pudieran ser tan majos.

Lo bueno de dormir en un templo es que a las 5 y media empieza la actividad, y no se va a quedar uno dormido con varios monjes alrededor rezando al Buda. Asi que a las 6:30 ya me habia lavado la ropa, recogido, desayunado, y puesto en camino. Con lo cual el dia me cundio, y mucho.

Segui por la carreterita ya sin tanto trafico, con la gente dirigiendose en bici o andando a sus quehaceres en el campo, o a la escuela los estudiantes. No parecian descansar el sabado, y acudian como todos los dias. Como la vida se hacia siempre en la calle, o mas bien en la tierra alrededor de cada casita, seguia siendo la mirada indiscreta que los veia acicalarse, encender la chasca para hacer el desayuno, afilar sus herramientas para la jornada en los arrozales, o despiojarse en los ratos muertos, como las dos mujeres de la fotografia:




Tras los muros de los colegios se iban acumulando cientos de bicicletas de los niños que iban llegando, ordenadas perfectamente en varias filas. Me preguntaba como eran luego capaces de distinguirlas, siendo todas del mismo modelo y marca. Pero seguro que no tenian problema.
En una de las aldeas todo el mundo parecia dedicarse a la escultura. En los terrenos de las casitas, ademas de las gallinas y demas elementos indispensables, habia pedruscos de considerable tamaño, de una arenisca gris que era tallada a mano o con martillos de aire comprimido. La calle parecia un museo con mil estatuas enormes de Buda, de animales como elefantes y tigres, y de otros elementos rituales de los templos.
Llegue a Kampong Thom a la hora del almuerzo. Habia pensado dormir alli, pero continuar y despues regresar a la ciudad, por un camino de tierra que llevaba a unas ruinas a 30 kilometros de la ciudad, por un ramal secundario. El templo de Sambor Prey Kuk era importante por cuanto representaba el antecedente directo de Angkor, donde el estilo arquitectonico que lleno los llanos mas occidentales de miles de templos en piedra, vio la luz por primera vez con una forma propia. Podria haber dejado las mochilas en alguna pension, sabiendo que volveria por la noche. Pero siempre prefiero llevarlo todo conmigo, por si acaso: nunca se sabe, los planes pueden cambiar por un lugar que se encuentra o unas personas que se conocen; por eso no queria dejar mis cosas en la ciudad.
Comi bien antes de tomar la ruta al templo, y me puse en marcha por el camino de tierra roja que se separaba de la carretera. La linea de casitas de madera desaparecio, y en 30 km solo me encontre algun compacto y apartado pueblito extremadamente rural. Solo circulaba yo por aquellos caminos, disfrutando de la paz y belleza del recorrido, y de los afables campesinos que se alegraban de verme. Mas fosas comunes aparecian tras los arrozales; algunos tan solo un monton de tierra, sobre el que alguien habia colocado un tejadito de chapa sobre cuatro palos, como queriendo hacer un ultimo acto de amor por algun ser querido, para que no se mojase con la lluvia. Debe de ser tan duro ver a un hermano, a una esposa, a un hijo mayor, asesinados y arrojados a una fosa como un desperdicio... Habia tantas historias escondidas tras aquellos ojos que me sonreian desde cualquier parte... casi tantas como en las cunetas españolas, esparcidas de fosas de la guerra civil franquista. Con la diferencia de que en los campos de Camboya al menos hay hitos que muestran claramente sus emplazamientos, y seguramente los familiares pueden situar sus rezos y pensamientos.

El camino se dividia muchas veces, pero siempre encontraba quien me indicase cual llevaba a Sambor. En uno de los desvios, que pase inadvertido por parecerme un camino menor que el principal, todo el mundo en la aldea comenzo a darme voces: para indicarme que al templo se iba por el otro lado, sabiendo que un farang no podia estar buscando otra cosa.
Me encantaban los niños camboyanos. El mas feo de ellos tenia una tan limpia y deliciosa sonrisa que parecia el mas bello de los querubines. Con esos ojos rasgados pero enormes, mezclados con los pueblos que, procedentes de la India e Indonesia, se quedaron en estas fertiles tierras milenios atras. Pero no debia de ser facil ser niño en la tierra de las minas antipersona. Los campos minados estaban indicados, y yo no tenia nada que temer si seguia por mi camino trillado; pero cada año las inundaciones movian alguna mina de sus campos delimitados, para llevarlas a los arrozales de labor y esconderlas a la espera de los pobres campesinos que no podian evitarlas.



Por fin aparecio el templo, aislado en un bosque minado de enormes arboles sombrios. Los caminos dentro de los templos estaban limpios y no habia peligro, pero habia que saber que mas alla del complejo de ruinas no se podia caminar. Deje la bici al cuidado de una mujer que vendia agua de coco en la entrada, y segui la senda al bosque a pie. Alguna serpiente se colgaba de las piedras oscuras de los derruidos muros Chenla, 15 siglos de antiguedad abandonados a la selva. Lo unico reconocible de los templos principales eran unas mas bien toscas torres de ladrillo con forma de campana invertida, en cuyas paredes aun se reconocian algunos relieves de dioses hindues sobre el propio ladrillo, que alguna vez estuvo estucado y pintado de colores. Sobre plataformas cuadradas, el interior de cada torre contenia linghams simbolizando a Shiva; podia imaginar a los brahmanes bañando ritualmente los linghams con agua, entre humos de incienso y monotonos rezos en el antiguo sanscrito, que aun se podia leer en estelas de piedra y dinteles.




Yo era el unico visitante del dia, y recorria a mis anchas el bosque laberintico por las sendas pisadas, y dejando marcas en el suelo por si acaso me desorientaba y tenia que volver sobre mis pasos. Pero con el grosero mapa de la guia y una brujula que siempre llevo encima, me apañe facilmente.

Despues de la visita tenia que recorrer otra vez los 30 km de camino de tierra. Fuertes pero breves chaparrones me empaparon, pero era cosa de agradecer en un calor insoportable. La luz del sol colandose por los claros del cielo no dejo de brillar ni un momento, y un despliegue sorprendente de colores se adueño del infinito plano inundado y salpicado de cocoteros. El hecho de que me estuviese mojando sin perder la sonrisa, como todo quisque, debio de despertar la simpatia de los que me veian, que mas que nunca se mostraban encantados de saludarme al paso. Era imposible no pedalear con una sonrisa casi boba en aquel lugar maravilloso.

Volvi a dormir a Kampong Thom, una ciudad construida alrededor de un cochambroso mercado lleno de basura, y sin ningun interes. Habia sido un dia inolvidable.

Mi primer templo camboyano

Viernes 30 de Mayo de 2008

Recorrido: de Kampong Cham a Baray: 105 km


Me di un paseo por la mañana para ver si la ciudad tenia alguna curiosidad. Recorri el mercado, el paseo del rio, las grandes avenidas de la zona administrativa... nada que valiese la pena quedarse un dia entero. Asi que recogi mis cosas y me puse en marcha.

La carretera, por primera vez casi en dos meses, tenia un trafico considerable; pero aun asi seguia siendo un precioso paseo por un pasillo de arboles que sombreaban el camino. Solo era un poco mas ruidoso que habitualmente. Detras de una hilera de casas que no parecia acabar nunca, aparecian los arrozales con un aspecto mas tropical que en Laos: palmerales y cocoteros sueltos destacaban en altura llevandose la vista hasta el horizonte; llegaba la epoca de plantar las matas de arroz, y algunas cuadrillas de campesinos formaban hileras en el barro encharcado.

Por todas partes aparecian espeluznantes fosas comunes de las guerras y represiones del siglo XX. Cuando los Khmeres Rojos iniciaron su eliminacion fisica de todo lo que les parecia burgues, los bombardeos americanos y las guerras civiles entorno a la idea de independizarse de las potencias coloniales, habian tal vez causado ya un millon de muertos; y los Khmeres rojos, entre su desastroso planeamiento economico, que mato de hambre y enfermedades a cientos de miles, y los otros tantos que fusilaron, completaron este paisaje del terror, que sigue hoy muy presente en los campos camboyanos. Era aterrador cuan cerca estaba el infierno del paraiso, tan a menudo, en estos paises tropicales.




Creo que no basta con rechazar de plano las barbaridades del pasado, como las matanzas que vaciaron las ciudades de Camboya no hace ni 30 años. Pienso que es necesario comprender las razones que llevaron a aquello. Porque todo lo que sucede responde a unas circunstancias, siempre. Los pueblos siempre tienen unos motivos, incluso cuando cometen genocidios como este. Y hay que comprender cuales son esas razones que llevaron a una barbarie que nunca debio darse, para que nunca vuelva a suceder. La razon, facil de entender a mi juicio, era en aquel tiempo una profunda division social entre la opulenta vida de las elites urbanas, y la precaria vida de la mayoria campesina cuya esperanza de vida no era mejor que en la antiguedad. Llego un momento en que, harta de no poder esperar nada mejor, la poblacion campesina decidio vengarse, y lo hizo a las bravas. El odio hacia cualquier expresion urbana y burguesa tomo su expresion mas radical.
La Historia ha dado ya demasiadas vueltas como para que los desheredados del mundo soporten, como desde siempre, estoicamente, las desigualdades sociales abismales que produce el actual sistema economico. Tal vez los camboyanos tarden decadas en volverse a hartar, tienen el dolor demasiado cercano aun; pero los problemas de antaño siguen siendo los mismos, siguen sin resolverse. Hoy el polvorin puede ser Africa. O Hispanoamerica. No hay mas que darse una vuelta por los paises americanos para darse cuenta de que la gente no se conforma mas, y los impedimentos morales, el contrato social que asegura la convivencia, acaba por ser ignorado por la mayoria. La violencia, el asalto, el asesinato acaban siendo cotidianos, la sociedad se sumerge poco a poco en el lodazal del odio; la indigencia moral es peor que la material, y el resultado es que te pueden matar por un reloj con cuya venta el ladron se pague la borrachera de esta noche. Surge el miedo, el panico colectivo; el nada importa ya; y una vez que la sociedad se desmembra no hay vuelta atras. En cualquier momento puede saltar todo por los aires. Se repiten los errores del pasado, se siguen cometiendo las mismas injusticias; y los resultados volveran a sorprendernos cuando la tuerca de unas vueltas mas.




Acostumbrado a las soledades de Laos o del norte de Camboya, me sorprendia y agradaba encontrar una hilera de casas casi continua, con mucho terreno alrededor. Y en la mayoria de ellas una charca permanente de unos 20 metros de lado, con la que cada familia se aseguraba el aporte de proteinas de pescado, y de los patos que se criaban a sus anchas.
Parecia una kilometrica ciudad longitudinal en medio del campo encharcado, que reflejaba enormes y esplendidas nubes refulgentes.



(Las cosas blancas son fosas comunes: paraiso e infierno)

Algo me sento mal; y con el sistema digestivo algo revuelto, me encontraba debil y sin ganas de pedalear. Necesitaba encontrar alojamiento y descansar. Pero por mas habitado que estuviese el entorno de la carretera, no habia nucleos de poblacion mayores con alojamiento. Andaba renqueante cuando me cruce, en el pueblito de Baray, con un belga que montaba en bici en direccion contraria. Me dijo que iba a pedir de dormir en el templo de Baray, y me sume a la idea, que ya era hora. Preguntamos y unos muchachos nos acompañaron a la pagoda, escondida en un bosquecillo por un camino embarrado. Ellos mismos hablaron con los monjes, y sin mas estaba resuelto el tema.

Con el agua del pozo y un cubo nos duchamos, y ya apañados para la cena salimos del templo de vuelta a los puestitos de la carretera. John trabajaba en Malasia, era otro de esos jovenes que no soportan el ritmo de vida de su pais. Vivia ahora en un pueblito costero, y entre su casa y el mar no habia mas que arena y cocoteros. Y con el sueldo como profesor de ingles, vivia como un rey. Solo tenia dos semanas de vacaciones en esta ocasion, y aunque no viajaba en bici, habia alquilado una por un par de dias, y no llevaba consigo mas que una mochililla de paseo.

Despues de la cena aparecieron de nuevo los chavales que nos habian llevado al templo por la tarde. Traian linternas, y nos volvieron a llevar por si de noche no lo podiamos encontrar. No solo habian sido hospitalarios, sino ademas atentos y encantadores. Incluso nos trajeron un antimosquitos de los que se queman durante toda la noche, y velas para suplir la falta de luz electrica. Sobre una estera a los pies de la imagen de Buda, dromi sin rechistar.

Por un encantador camino de cabras


Jueves 29 de Mayo de 2008

Recorrido: de Kratie a Kampong Cham: 129 km

Podria haber elegido un camino mas facil para continuar hacia el sur, por la carretera principal; pero habia un camino dibujado en el mapa que seguia pegado al rio, y tras preguntar a varias personas si era posible transitarlo, me decidi por el. A veces, estos caminos de tierra se quedan impracticables cuando llueve, pero hacia algunos dias que no lo hacia.
La salida de Kratie me parecio de una belleza increible: en lugar de una ciudad, las afueras parecian mas un enorme jardin tropical de cocoteros y arboles de jugosa sombra bajo un perfecto cielo azul, con casitas de madera como era costumbre, pero aqui con la novedad de que predominaban los tejados de ceramica con detalles de gusto. Como siempre pasaba despacito, espiando las vidas de sus habitantes, que continuaban sus tareas cada mañana sin sospechar que eran observados hasta por fin reparar en mi, y con una natural sonrisa saludarme como deseandome un buen viaje.
A los pocos kilometros el asfalto dejo paso a la tierra rojiza que me acompañaria el resto del dia. Si no pasaban vehiculos a motor daba gusto recorrerlo, sin perder nunca de vista las casitas campesinas que se situaban al lado del rio, que tampoco desaparecia mas que cuando la espesura de los arboles impedia ver su agua caramelo. Sin embargo, si pasaba algun camion, y a veces parecia que soltaban a tres o cuatro de golpe para retocarme el maquillaje, se levantaba una polvadera que me dejaba aislado en una nube, tratando de aguantar la respiracion el mayor tiempo posible, y entornando los ojos para no llenarmelos de arena. A veces daba para cabrearse y pensar que narices hacia yo sufriendo por alli... pero la mayor parte del tiempo caminaba yo solo en un paisaje encantador.

Pare a comer una sandia en un puestito. Comenzaron a venir niños, como de costumbre, a ver de cerca al alienigena. Al principio timidos. Pero ya habia descubierto yo la tecnica para hacerlos reir: les hacia una foto, y al enseñarsela se levantaba la algarabia. Una niña de rasgos indios eclipsaba a la docena de niños que se agolpaban para salir en la siguente foto. Tenia tanta fuerza en la mirada, que con sus 8 o 10 años brillaba como el sol. Me dio pena imaginar que seguramente todo el talento que su mirada traslucia se veria pronto relegado a un segundo plano; pronto la apartarian de la escuela, la casarian con algun mequetrefe, y se veria sepultada, como generaciones de mujeres, bajo la suela de un tipejo que no habria de levantar un palmo del suelo. Me acorde de un sociologo que conoci en Venezuela, que me hablo largo y tendido sobre sus teorias acerca de la mujer. Sostenia que el matriarcado era la forma natural y optima de la sociedad humana: las hembras forman comunidad para proteger a su prole, que tanto cuesta sacar adelante. El espiritu y el bien de la comunidad es mas importane que el del individuo; es impensable la violencia dentro de la comunidad, y menos aun contra otros grupos humanos, ya que solo la mujer conoce lo preciosa que es una vida. Tambien afirmaba que los hombres inventan la violencia, y luego se ofrecen como protectores ante la misma. Es decir, el mismo metodo de la mafia se emplea desde tiempos inmemoriales para subyugar a la mujer. Aquel sociologo se dedicaba a formar y capacitar grupos de mujeres para que tomaran, primero conciencia, y despues las riendas de sus comunidades; decia que mientras los hombres controlaran y ejercieran el poder politico y social, el bien colectivo estaria supeditado al individual, y la violencia y los problemas derivados nunca podrian ser erradicados. Quien sabe si no iba desencaminado aquel pensador que conoci en el autobus; viendo los poderosos ojos de aquella niña me parecia que el unico rayo de esperanza en un futuro mejor pasaba por la luz de una mirada como aquella tomando conciencia y levantandose del suelo.

Seguia por mi caminito de tierra, y de pronto tuve un descanso en un tramo de asfalto, al paso de la ciudad de Chlung; era la hora de la salida de clase, y decenas de estudiantes uniformados y montados en bicicletas salian de varios caminitos que venian de las escuelas, para confluir en la calle principal, entre sombras de enormes arboles de mango.
Volvio a desaparecer el asfalto, y el camino me llevaba por aldeitas casi ininterrumpidas junto al rio; era tierra de los Cham, una etnia que tuvo su reino en tiempos de los antiguos Khmeres de Angkor. Tambien eran hindues; pero asi como los khmeres se acabaron convirtiendo al budismo, los Cham ya eran musulmanes cuando fueron sometidos por el imperio Khmer. Como sucede siempre, sus ciudades desaparecieron como centros politicos, y los cham se dispersaron en regiones como esta, viviendo de la pesca y el arroz en humildes aldeitas que no dejaban vislumbrar un pasado tan sorprendente. Encontraba pequeñas mezquitas a mi paso, a veces tan solo una casita de madera con una media luna en el tejado y un altavoz por el que llamaban a la oracion, con un curioso acento asiatico en el clasico Allahu Akbar. La sorprendente belleza del paisaje, el colorido despliegue de los vestidos de las mujeres cham, y la entusiasmada sonrisa que me dedicaban gentes de todas las edades, me llegaron a emocionar al extremo. Senti un destello de extraña felicidad en mi interior. No podia ser mas privilegiado. Aquel estaba siendo uno de los tramos mas bonitos de todo el viaje.
Tanto hombres como mujeres vestian en su mayoria el saron, una tela a modo de falda pegada de cintura para abajo; los tocados de las mujeres mayores no se distinguian de los de cualquier otra etnia de las montañas que hubiese visto; pero las niñas ya vestian a los nuevos tiempos, con el clasico velo islamico que parecia recien llegado. Como siempre, y volviendo a la disgresion del sociologo venezolano, me daba por pensar que no hay religion que no se invente con el fin de estigmatizar a la mujer de una u otra manera. De todos modos, visto de manera un poco mas aseptica, el colorido de las pañoletas acompañaba al paisaje desbordante.



Y seguia con pensamientos similares. Pare a tomar lo que en Cuba llaman un guarapo, el jugo de caña de azucar recien exprimida. Alrededor del puestito habia un colorido grupo de unas 20 mujeres de todas las edades, que reian y conversaban; no podia entender lo que decian, pero por sus gestos parecian gastarse bromas bastante ingeniosas las unas a las otras. En ese momento llego el patriarca, que no era con mucho ni el mas viejo, ni el mas listo, en el grupo en que se metio con toda arrogancia y ademan; un tipejo barrigon de mirada agresiva. Quien haya visto un macaco sabra a que tipo de mirada me refiero. Sento sus reales en una silla que le trajeron en seguida, y todo fue silencio mientras el se rascaba lo que le apetecia. Hay que reconocer que tal vez tenia yo un dia raro, pero que homofobo me estaba poniendo...


El camino seguia entre sombras y delicias, pero el firme estaba destrozado por las rodadas de coches , y las bicis y motos que pasaban buscaban senditas alternativas por los terrenitos de las casas. Y de este modo me colaba aun mas entre ellos; un anciano prendia un monton de leños y paja; una mujer preparaba los palos adecuados para cocinar. Aquella lavaba la ropa, esta cernia el arroz en un cedazo al viento, mientras conversaba con la que podia ser su hermana, que sin quitarse el saron hasta el hombro, se duchaba en la tierra con el agua de un balde; aquel cortaba y trenzaba el bambu para hacer una estera. Y siempre cubiertos por un bosque sombrio a la orilla del Mekong.

Me llamo en frances un anciano. Era un medico que habia vivido los tiempos de la colonia francesa, y se hacia entender bastante bien. Profesaba el islam, y me conto entre otras cosas, que en Camboya los musulmanes y los budistas eran una gran familia que vivia casa con casa, en perfecta armonia. Ciertamente, en el recorrido de aquel dia, diria que vi tantas pagodas como mezquitas, y era dificil decir donde empezaba y donde acababa lo uno y lo otro.

Al final de la tarde el camino se estrecho: un sendero tortuoso de un palmo de anchura entre hierbas y malezas no podia ser la carretera que en el mapa me conducia hasta Kampong Cham. Pero cada vez que preguntaba a alguien me lo confirmaba, solo tenia que seguir adelante. Solo, jaja. Huertas, bosques, por primera vez no habia casas en largos tramos, ni nadie a quien preguntar cual de aquellos ramales era el que me llevaba a la ciudad. Como de costumbre, se me iba la tarde y no llegaba. Nunca estaba seguro de seguir la senda adecuada, pero dejandome guiar por la intuicion, y preguntando cada vez que me encontraba a alguien, no equivoque la ruta. Cuando ya anochecia y a tientas me encallaba en los arenales o me tragaba los baches inhumanos, por fin aparecio tras los arboles el gigantesco puente de hormigon que cruzaba el Mekong hasta Kampong Cham, en la orilla opuesta. Pude respirar tranquilo, como siempre me salvaba la campana.




Apareci en la ciudad cubierto de polvo rojo de la cabeza a los pies. Con el sudor, lo que tenia en la piel era puro barro espeso. Despues de 129 km durisimos sobre arena que se hundia, baches que me desmontaban el esqueleto, y polvaderas que no me dejaban ver, habia llegado a donde darme una buena ducha. Un barro rojizo que daba testimonio de todo esto se quedo en el suelo de la ducha.

Volvi a la pension despues de cenar. Una familia que habia estado de boda dos dias se alojaba alli, y en la terraza de estilo frances del edificio, bebian y bromeaban. La que mejor hablaba ingles era una de las hermanas. Me conto los detalles de los dos dias de ceremonia, los rituales con flores y frutas, etcetera. En Camboya las parejas se casaban muy jovenes y a penas conociendose de sonreirse por la calle, y compartir alguna cena o karaoke un fin de semana. Ella consideraba que asi era como tenia que ser, y que la obligacion de una mujer era soportar con amor todos los problemas que fueran surgiendo por el desconocimiento del otro. Bueno, como en casi todas partes, supongo.